El espacio público como catalizador de colectividades locales

Imagen de Francesco Cingolani | @immaginoteca | http://immaginoteca.pro

La ciudad contemporánea vive un complejo proceso de transformación. Las relaciones sociales y la vitalidad urbana de los barrios son cada vez más escasas y fragmentadas.

El espacio público ha dejado de ser un espacio de oportunidad para la colectividad, sus administradores parecen considerarlo exclusivamente como un espacio problemático y solo actúan para vaciarlo y prevenir cualquier tipo de problema, limitando todo tipo de actividad espontánea de los ciudadanos. Todo queda bajo control y en algunos casos ese control se vuelve casi policial.

Como explica Manuel Delgado el espacio público desde su nacimiento con la modernidad se ha configurado como un espacio donde el Estado pretende desmentir la naturaleza asimétrica de las relaciones sociales que administra, ofreciendo el escenario “perfecto” para el sueño imposible del consenso equitativo en el que puede llevar a cabo su función integradora y de mediación.

La idea del espacio público como garantía de la democracia y como espacio de libertad para los ciudadanos se encuentra hoy en profunda crisis.

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La población urbana se caracteriza hoy por su elevada heterogeneidad y fragmentación, pues conviven grupos humanos con diferencias relevantes en materia de estructura sociodemográfica, estatus socioeconómico, estilos de vida, pautas de consumo, sistemas de valores, actitudes, percepciones y preferencias.

Ofrecer ese espacio de convivencia e igualdad es una tarea muy difícil; la realidad actual ha superado a los responsables encargados de gestionarla. Los administradores (políticos) han asumido que los espacios públicos ya no son políticamente rentables y actúan en consecuencia, con miedo.

Este miedo a perder el control, a meterse en el barro y mancharse, hace que las iniciativas tiendan a restringir las posibilidades de los espacios y a catalogarlos de manera que su uso esté definido y acotado, frente a la infinidad de situaciones que se pueden producir en un contexto con tantos elementos distintos (…) prefieren simplificar y podar, reducir la complejidad en lugar de estudiarla y potenciarla, legislando desde la restricción. (Juan López-Aranguren Blázquez, 2009)

Las sociedades occidentales están pasando de producir comunidades a producir colectividades, donde la escasez de solidaridad entre sus miembros obliga a una mayor necesidad de organización colectiva.

Manuel Delgado nos recuerda que lo que une a las personas y las convierte en poderosamente solidarias no es que piensen lo mismo, sino que experimentan y se transmiten lo mismo. (…) La comunidad se funda en la comunión; la colectividad, en cambio, se organiza a partir de la comunicación. En apariencia, la comunidad y la colectividad implican una parecida reducción a la unidad. La diferencia, con todo, es importante y consiste en que si la comunidad exige coherencia, lo que necesita y produce toda colectividad es cohesión.

Reproducir las condiciones para que volvamos a tener comunidades urbanas en lugar de colectividades en muy difícil.

Probablemente, lo más sensato es trabajar para facilitar ese proceso de comunicación que según Delgado produce y alimenta una colectividad: devolver a los espacios públicos esa función de experimentar colectivamente y transmitir de manera transparente información local.

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Para perseguir este objetivo sería interesante apostar por un uso innovador de las nuevas tecnologías que permitan amplificar las oportunidades de comunicación y por tanto ampliar los “límites” y la función de estos espacios.

Según Juan Freire la crisis de los espacios públicos (físicos) urbanos se debe también a la falta de un diseño (abierto) que vuelva a ofrecer a los ciudadanos un verdadero interés para que lo usen. En búsqueda de nuevas soluciones habla de “espacios híbridos” para hacer referencia a las oportunidades ofrecidas por la hibridación de lo físico con lo digital en los espacios públicos.

Sin embargo hoy podemos dar por asumida la existencia de una piel digital que caracteriza los espacios públicos y nos podemos dedicar a definir cualidades y características; y empezar a hablar de “espacios sensibles” haciendo referencia al carácter “vivo” de estos espacios; a su capacidad de promover una relación bidireccional con sus usuarios, de catalizar redes sociales hiper-locales y visualizar de manera transparente la información relacionada con el entorno.

La integración de tecnologías digitales en el espacio físico (para crear “espacios sensibles”) puede ser un medio para desarrollar nuevas dinámicas de comunicación y relación entre vecinos, capaces de mejorar la cohesión de las colectividades locales.

Para comprobarlo será necesario investigar sobre posibles sinergias, influencias y dependencias entre cuatro conceptos: el procomún, el espacios público, espacios comunes y nuevas tecnologías.

Internet parece ofrecer un “lugar” para las relaciones sociales alternativo a los lugares “tradicionales”. Este hecho se puede entender como un problema causante de incrementar el sucesivo vaciamiento del espacio público; o por el contrario, se puede considerar como una extraordinaria oportunidad para fortalecer las relaciones sociales locales: Internet es hoy en día el “lugar” donde con más éxito se están experimentando modelos de gestión colectivos.

El paradigma del procomún (commons) reconoce que la creación de valor no es una transacción económica esporádica ­­como mantiene la teoría del mercado­­ sino un proceso continuo de vida social y cultura política. En lugar de constreñirnos con la lógica del derecho de propiedad, de los contratos y de las impersonales transacciones de mercado, el procomún inaugura un debate más amplio, más vibrante y más humanista. Se pueden renovar las conexiones entre nuestras vidas sociales y los valores democráticos, por un lado, y por otro entre el rendimiento económico y la innovación. Ganan una nueva legitimidad teórica temas que de otra forma se habrían dejado de lado, como las virtudes de la transparencia, el acceso universal, la diversidad de los participantes, o una cierta equidad social. Es indudable que el procomún juega un papel vital en la producción económica y social de nuestros días. Cuándo se aceptará plenamente ese papel, o cómo afectará a nuestras futuras actuaciones, es algo que debemos dilucidar. (Bollier D., 2003)

El concepto de espacio común hace referencia a la idea de espacios que no están sujetos a ningún orden pre-establecido, son espacios que se crean por la necesidad o una acción del momento en el que actúan dos o más personas. Como nos recuerda Eduardo Serrano, estos espacios se crean casi siempre en las fronteras, en ese espacio donde dos mundos se encuentran, se tocan o colisionan. La necesidad o la simple creatividad de sus “usuarios” es el elemento portante y estructurante de estos espacios.

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El espacio público puede volver a desempeñar una importante función dentro del sistema económico y social contemporáneo al caracterizarse como espacio de acceso universal y desarrollo del procomún. Este protagonismo se podría conseguir utilizando las redes y medios sociales como catalizadores de las relaciones entre vecinos, y las nuevas tecnologías como equipamiento básico para el intercambio y la visualización de información local.

Diseñar los espacios públicos como lugares donde garantizar el libre intercambio de información y promover la transparencia de la gestión del propio entorno volverá a dar a estos espacios un papel fundamental para la sociedad; volviendo a tener la vitalidad que actualmente parece haber perdido.

(imágenes de Francesco Cingolani)

He escrito este post para el blog “La Ciudad Viva“, una iniciativa de la Consejería de Vivienda y Ordenación del Territorio de la Junta de Andalucía. 

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